Esta no era otra de sus pálidas sensaciones.
Tulio Dimercci notaba una intensión infame, de como las cosas hace tiempo que
sucedían fuera de su control. Llevaba siete meses sin ver más allá del interior
de un departamento de treinta y dos metros cuadrados, que él mismo había
repartido con ingeniosa vanidad. No había tenido hermanos, ni conoció el sonido
de su nombre en boca de mujer alguna. Jamás había viajado en treinta y nueve
años. Nunca había ganado ningún sorteo de carnicería ni logró concebir esas técnicas
vertiginosas para dibujar sin salirse de los lados. No era el mundo y sus
encantos un lugar suficiente, donde Dimercci pudiera sentir aquella obligación natural
de cautivarse, que tan imperdonablemente modelan por la vida los rientes de la
calle y sus bolsas de comprar el pan. Él solo migraba desde su reducido nido
horizontal, hacia aquel baño azulejado, al otro lado del colchón.
Desde
el más afuera, cada madrugada una luz prendida se infiltraba hacia su
departamento, rebotando sobre el espejo de
aquel baño. Por inercia, el travieso resplandor, continuaba su trayecto
recorriendo un pequeño pasillo, zigzagueando algunos muebles y el agujero de
una puerta, hasta golpear pertinaz, la cara dormida del hombre. Frunciendo el
ceño por causa de esa fuerza lumínica, se encontraba forzado cada noche a levantarse
a correr las cortinas y así dar muerte a aquella luz insoportable, o para bien,
dar vida a las sombras— Viéndolo desde el lado más contemporáneo de la perspectiva
— El aprovechaba esas oportunidades para ir al baño y observarse dibujado en el
cristal a largas horas de la noche, con una respiración inquieta , sorprendiendo
de vez en cuando a un reflejo distraído, que intentaba llevarle el ritmo de
manera discreta. También puedo revelarles que gozaba de un radio que definía
tangos, una ventana azul por la que escupía a peatones ocasionales, tres
tenedores y un sutil tartamudeo del que no pudo escapar.
Tulio
definía a todo esto, como a su único mundo real y posible. Pero también, sabemos
que lo posible solo es una moneda de dos caras, que oscila al filo de lo cierto
y de lo impronosticable. Y para alguien como Dimercci, había grietas demasiado
profundas de esta realidad, que él no estaba dispuesto a tolerar. Cosas que
jamás terminaban de convencerlo por completo. Que la vida simplemente fuera esta
manera higiénica de morir o una derrota diaria de descubrirse cada noche delante
de un espejo haciendo lo que cualquier otro hombre pudiera estar haciendo en
ese mismo momento, sin lugar a ningún tipo de exclusividades. Su mundo no era
otra cosa que un mecanismo de réplicas y repeticiones, con la orquesta de un tic tac, tic tac brutal y frustrante que
siempre lo acompañaba pateándole los
talones.
Él
tenía fundamentos soberbios para descreer de casi todo lo que le habían
contado, aunque sinceramente, nunca podrá ser posible adivinar , si la culpa es
de uno por optar beber de la copa ingenua de las alegrías o si es uno el
elegido por el sobrio y amargo encanto de cuestionar lo estable. Pero dejemos
ya en paz a las incertidumbres inútiles y centremos la historia de Tulio
Dimercci en la noche concisa en que todo ocurrió.
Era
un 4 de marzo ordinario. Todo se daba con esa misma extrañeza de siempre. Otra
nocturna visita al baño, donde se reconocía en el cristal, luego de correr la
cortina privando la luz. Algo no encajaba, aunque quejarse de que era algo
notable o incomodo como la humedad o las buenas noticias, sería decir una miserable
falacia. Quizás podríamos considerar la contingencia de que se trató de una
provocación metafísica, desde algún más
allá, que manifestó esa noche, sus intenciones claras de fastidiarlo. Él notaba
algo anormal en uno de los ojos del espejo, o en uno de los suyos; si es que
realmente todo reflejo responde a la condición de un hombre y a su propio
vacío. Acercó su rostro pálido lo más próximo al vidrio, y así tuvo la certidumbre
tétrica de todo lo que presentía. Era una habitación de ocho esquinas, con un
individuo gris que caminaba inquieto dentro de su retina. El asombro lo
precipitó quitándole el aliento, — ¿¡He
enloquecido mucho antes de lo previsto!? —se dijo con los nervios a pique,
turbado en el suelo del baño, abrazándose a sus piernas. Algunos minutos más
tarde o algunas horas después, una fiebre lo abrazó como quien es salvado de un
silencio de luna y el encanto ensimismado de una muchacha indiferente.
Tulio
se puso de pie delante del espejo y se lavó los ojos en el lavamanos, como si
fuese ese, un último pedido cordial, para que ese más allá se retractara de avasallarlo de manera tan terrible. Observó
la habitación nuevamente. El paisaje seguía imperturbable, con aquel individuo
yendo y viniendo por todo el habitáculo, como un lince ibérico, que planifica invisible,
la caída del cervato desde una cómoda maleza. Pero Dimercci era ágil. No demoró
en notar a los cientos de bocetos que caían en cascada de un pequeño escritorio
del ente. Al leer se torció de espanto ante aquellas siniestras revelaciones,
pues ahí estaban —crease o no —documentados sus íntimos y más vagos recuerdos.
El primer trabajo a los catorce años, el amor al piano, el génesis de la
masturbación. Ahí estaban las lejanas tardes infantiles con su amiga Mariel.
Esa oportunidad inconfesable en la que huyó antes de besarla en los labios por
primera vez y que diluvio largamente en una añoranza inconclusa durante su
vida. Todo estaba vilmente guionado en aquellos escritos. También reconocía varios
croquis que confeccionaban cada movimiento de un Dimercci desorbitado; El trayecto
de la cama al baño. De las escaleras al zaguán, otro similar del cabaret a la
revisteria y hasta uno vertical, desde
su balcón hacia una caída libre al pulido cordón de la calle Centenera. Toda su
vida posible se encontraba allí, sobre un escritorio, barajándose malignamente
a la voluntad del individuo gris. Brizna
de amable abandono se derramó en el corazón de Tulio. Con un llanto matemático,
el triste hombre miró sus manos y se blasfemó así mismo. Luego tomó el espejo lentamente
por uno de los bordes plateados. Se reconoció por última vez, y como quien cierra la mano matando a una
cosa, lo estrelló con la rabia de toda su intraducible vesania. Solo quedaban él y la esquirla de su inmaterial
hallazgo, disperso sobre el suelo del baño.
Ahora
todo era lo bastante claro para Dimercci. Empezaba la caída de una realidad
imaginaria, y estaba compuesta de voces con las que nadie hablaba, ojos donde
nadie miraba y la exigencia de un destino en manos de autores aburridos— Una
fantasía solo puede disolverse con otra fantasía— dijo teniendo la certeza
magica de que a la vida, discretamente, hay alguien que la escribe.
